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lunes, 21 de octubre de 2019

¿Por qué han muerto tantas encinas en Madrid este verano?

La asociación Reforesta cifra en miles de ejemplares las encinas secas. Los especialistas apuntan al encadenamiento de sequías y al aumento de las temperaturas como la principal causa, aunque puede deberse a múltiples factores.

Encinar en Navas (Madrid), este verano. REFORESTA

Miles de encinas han muerto este verano en la Comunidad de Madrid y, aunque algunos especialistas consideran que "es pronto" para determinar una causa concreta, hay indicios de que la sequía prolongada y las temperaturas excesivamente altas sufridas a lo largo del estío han podido influir en el suceso.
Así lo afirman desde la asociación Reforesta, quienes han insistido en que las encinas afectadas eran árboles sanos, libres de la enfermedad que se conoce como "la seca", pero que no han logrado resistir las "condiciones climáticas adversas" de 2019; un año especialmente falto de lluvias –fue el tercer año más seco del siglo– y caluroso, con un mes de julio que batió un nuevo récord por altas temperaturas.
Lo raro es que las encinas, la especie forestal más típica del paisaje peninsular, están adaptadas al clima mediterráneo y suelen soportar condiciones de estrés hídrico y calor extremo. "La encina es un árbol que, a diferencia de otras especies, no disminuye su actividad biológica a pesar de la sequía, puesto que está muy adaptada a ella y lo normal es que la aguante sin problema gracias a sus profundísimas raíces", explica Miguel Ángel Ortega, director de Reforesta.
Desde su organización alegan que la mortandad de encinas de estas características es un hecho "absolutamente inusual" y "preocupante", si bien es cierto que no es la primera vez que ocurre. "Episodios así ya se dieron en sequías anteriores, como las de 2003-2004 y 2012, pero no con esta magnitud".
En esta ocasión, dicen, el encadenamiento de sequías y años secos –2015, 2017 y, especialmente, 2019– ha provocado la muerte masiva de estos árboles, muchos de ellos jóvenes, que crecen en densidades elevadas en zonas muy expuestas al sol y al viento, y con suelos pobres.
"Son especialmente vulnerables los montes que en su día fueron talados y carboneados. Tras el cese de esas prácticas los árboles comenzaron a crecer muy juntos, compitiendo por el agua y los nutrientes del suelo. Esto ha limitado su propio desarrollo y fortalecimiento", lamentan.
También Nacho Morando, residente en Hoyo de Manzanares y dueño de una finca de 260 hectáreas en la misma localidad de la sierra, se ha percatado de este fenómeno que, advierte, "se ha producido muy pocas veces". "Yo nunca había visto tantas encinas secas", asegura, y recalca que la sequía "anormal" que ha habido este año ha favorecido la muerte de sus encinas en verano, que en principio gozaban de buena salud. "Todos los expertos con los que lo he hablado, y que en algunos casos han venido a la finca, dicen que es por estrés hídrico".
Sin embargo, otros especialistas aseveran que todavía es pronto para atribuir el suceso al aumento de las temperaturas. "Yo no me atrevería a afirmar que es por la sequía", sentencia Santiago Barajas, responsable de agua de Ecologistas en Acción. A su juicio, es muy difícil determinar si ha sido un factor u otro el causante de la mortandad, y cree que, además, lo más probable es que no haya un solo motivo detrás, sino múltiples factores que han llevado a los encinares madrileños a esas circunstancias.
Por su parte, Lourdes Hernández, del programa de bosques de WWF España, mantiene una postura similar. "No me atrevo a señalar cuál es el motivo exacto de la muerte concreta de estas encinas, pero sí es cierto que hay muchos estudios que aseguran que la influencia del cambio climático –que apunta a temperaturas más altas y sequías prolongadas– va a tener un efecto muy claro en la dinámica forestal".
En paralelo, hay una amenaza a la que las encinas españolas se enfrentan desde los años 80. Es un proceso que se conoce como "decaimiento" y que deriva en la sequedad de los árboles. "Hay una podredumbre radical que genera un pseudo hongo que lo que hace es atacar las raíces y provocar su muerte", precisa Hernández, y añade que este fenómeno, a veces llamado "la seca", se ve acelerado por el calentamiento global.
Y, aunque desde Reforesta niegan que la muerte de estas encinas se deba al decaimiento, dada la rapidez de la muerte de los árboles –porque "el decaimiento es un proceso lento", aducen– Hernández aclara que "no tiene por qué" ser así: "Hay zonas donde el impacto de este patógeno puede ser una muerte súbita o en cuestión de apenas unos meses".
En cualquier caso, el cambio climático juega un papel en todo esto: "Está estudiado que cuando la temperatura del suelo es elevada se incrementa la actividad de este patógeno y acelera la podredumbre de las raíces que, en consecuencia, provoca la muerte del árbol".
¿Es grave? Si los árboles desplomados no se recuperan, sí. Y ello depende de la estructura, de la edad y, en definitiva, de la vitalidad que tenga el árbol antes de secarse.
Culpable el cambio climático o no, la noticia no es positiva, juzga Hernández: "La pérdida masiva de arbolado siempre es perjudicial por los beneficios que representa el bosque para la lucha contra la crisis climática, porque se disminuye la capacidad para absorber CO2, y también la de retener agua. La vegetación favorece la infiltración en el suelo y evita escorrentías".
También existe un mayor riesgo de que se propaguen los incendios: cuanto más sano sea un ecosistema, más resistente será a los fuegos incontrolados, agrega.
En general, donde sí hay consenso es en la demanda de una gestión forestal que tenga en cuenta las alteraciones ambientales derivadas del cambio climático. "Nuestro suelo cada vez será menos capaz de soportar bosques densos e iremos viendo como en muchos lugares se van aclarando, dando lugar a un paisaje más parecido a la sabana africana", pronostican desde Reforesta.
Así, algunas de las medidas que se sugieren pasan por la conversión de monte bajo a monte alto, "es decir, manejar las encinas para que den un solo tronco fuerte y crezcan en altura en lugar de crecer achaparradas", así como fomentar la diversidad, con masas mixtas –y menos densas–, para disminuir la vulnerabilidad de los bosques y, por ende, de todo el ecosistema en que se insertan.

Esta sección en eldiario.es está realizada por Ballena Blanca. Puedes ver más sobre este proyecto periodístico aquí.

lunes, 11 de marzo de 2019

OPINIÓN: Los coches nos están matando y hay que erradicarlos

La conducción nos está arruinando la vida y provocando graves desastres medioambientales. Solo acciones drásticas acabarán con nuestra dependencia de los coches.

Coches de la marca Hyundai aparcados en el puerto de Chennai (India) antes de ser exportados. EFE

La gota que colma el vaso: un minibús aparcado en la puerta del hospital y con el motor en marcha. El conductor jugaba con su móvil mientras el humo del tubo de escape se metía en el patio de entrada. Me acerqué a la ventanilla y le pedí que apagara el motor. De mala gana, me hizo caso. Fue en ese momento cuando me di cuenta de que llevaba un uniforme del Servicio Nacional de Salud. Entré al patio, caminé por un pasillo y llegué hasta la unidad de cáncer (esta vez no por el cáncer, sino para hablar de cirugía reconstructiva). Después de echar un vistazo en la gigantesca sala de espera, me pregunté cuántos de los allí sentados podían haber enfermado debido a la contaminación atmosférica. Pensé también en los pacientes de otras unidades, en niños con ataques de asma o en los que vienen por heridas de tráfico y por enfermedades provocadas tras una vida de inactividad, una vida en la que las ruedas han sustituido a las piernas. Me quedé impresionado por la cantidad de maneras en la que los coches nos han estropeado la vida.
Ya es ahora de abandonar este desastroso experimento y reconocer que esta tecnología del siglo XIX nos hace más daño que bien. Planeemos una salida. Fijémonos para los próximos diez años el objetivo de reducir en un 90% el uso de los automóviles.
El coche sigue siendo útil, sí, y para algunas personas es incluso esencial. Podía haber sido un sirviente estupendo, pero se ha convertido en un amo que estropea todo lo que toca. Las emergencias que nos presenta también requieren una solución de emergencia.
Uno de sus efectos es bien conocido en los hospitales: en este momento, la contaminación mata en todo el mundo tres veces más que el SIDA, la tuberculosis y la malaria juntas ¿Recuerdan aquello que se decía a principios de siglo, tan repetido por los medios multimillonarios? ¿Aquello de que era mejor emplear el dinero público en la prevención de enfermedades contagiosas antes que en tratar de evitar el cambio climático? Pues por lo que parece, la eliminación gradual de los combustibles fósiles habría sido mucho mejor para la salud (por no hablar, claro, del falso dilema que se nos presentaba: nada impedía gastar dinero en las dos). Según una investigación reciente, quemar combustibles fósiles es hoy "la principal amenaza en todo el mundo para la salud infantil".
En otros sectores, la emisión de gases de efecto invernadero ha disminuido de forma notable. Pero los medios de transporte británicos las han reducido sólo un 2% desde 1990. El objetivo legalmente vinculante del Gobierno era recortarlas en un 80% para 2050 y ahora la ciencia nos dice que ni siquiera eso alcanza. Debido a nuestra obsesión por el coche privado, en Reino Unido y en muchos otros países el transporte se ha convertido en el principal factor detrás del desastre climático.
Hasta el año 2010, el número de accidentes fatales en las carreteras británicas disminuía de forma constante. Hasta que de repente las estadísticas dejaron de mejorar. Hoy hay menos muertes de conductores y pasajeros, sí, pero el número de peatones atropellados ha aumentado un 11%. En Estados Unidos, los datos son aún peores: la tasa de mortalidad anual de peatones se ha incrementado un 51% desde 2009. Parece que hay dos grandes razones detrás del fenómeno: los conductores que se distraen con sus teléfonos móviles y el aumento de los monovolúmenes, más altos, pesados y letales para las personas atropelladas. Conducir un monovolumen en un área urbana se ha convertido en un acto antisocial.
Hay otros efectos más sutiles y extendidos. El tráfico silencia a las comunidades: el ruido, el peligro y la contaminación de las calles muy transitadas hacen que la gente se quede en casa. Lugares en los que los niños podían jugar y los adultos, sentarse a hablar, se mantienen como aparcamientos. Pasamos la vida rodeados por ruido de motores, una gigantesca y apenas reconocida causa de estrés y enfermedades.
Para asegurarnos un lugar en la carretera, nos presionamos unos a otros. Maldecimos y agitamos el puño ante peatones, ciclistas y otros conductores, refunfuñando sobre los límites de velocidad y los controles de tráfico. Los coches también nos han cambiado, alimentando nuestra sensación de amenaza y competición, aislándonos de los demás.
Nuevas carreteras parten en dos los campos, poniendo fin a la paz con su sombra de ruido, contaminación y fealdad. Sus efectos se extienden por muchos kilómetros. Entre otros factores, la deposición del nitrógeno que producen los gases del tubo de escape altera los ecosistemas de refugios lejanos. En el Parque Nacional Snowdonia de Gales, los 24 kilos que caen anualmente por hectárea están modificando radicalmente el ecosistema.
Se libran guerras para abaratar la gasolina necesaria para conducir. Cientos de miles de personas han muerto en Irak debido, en parte, a ese objetivo. Para extraer los materiales con que se fabrican los coches y para alimentarlos, llenamos la tierra de agujeros con minas y pozos. Luego la envenenamos con los derrames de petróleo y los desechos tóxicos.
Pasar al coche eléctrico sólo solucionará algunos de estos problemas. Ya hay lugares hermosos en proceso de destrucción debido a la fiebre de los materiales que hacen falta para fabricarlos. La minería de litio, por ejemplo, está envenenando ríos y agotando aguas subterráneas desde el Tíbet hasta Bolivia. Los eléctricos también necesitan mucha energía y espacio. También necesitan neumáticos que, por la complejidad de su composición, no pueden ser reciclados y se han convertido en un enorme problema medioambiental.
Nos dicen que el coche es la expresión de la libertad individual. Pero la planificación estatal y sus subvenciones están presentes en cada una de las etapas de esta agresión contra nosotros mismos. Se construyen carreteras para satisfacer un tráfico estimado que inmediatamente después crece hasta quedar de nuevo al límite de capacidad. Las calles se diseñan para maximizar el flujo de coches. Peatones y ciclistas están en segundo lugar para expertos en urbanismo que los relegan a espacios estrechos y, muchas veces, peligrosos. Si pagáramos a precio de mercado el espacio de aparcamiento en la calle, en las zonas más ricas de Gran Bretaña los doce metros cuadrados necesarios por coche costarían unos 3.500 euros al año. En el caos de nuestras carreteras hay mucha planificación estatal.
El Estado debe planificar el transporte, pero con el objetivo radicalmente diferente de maximizar su beneficio social y minimizar el daño. Esto significa un cambio hacia un transporte público y eléctrico en su mayor parte, hacia carriles bici seguros y separados y hacia aceras más anchas. Significa limitar de forma constante las condiciones que hoy permiten a los automóviles arramplar con todo.
El uso del coche es inevitable en algunos lugares y para algunos propósitos, pero la gran mayoría de los viajes se puede sustituir fácilmente, como demuestran los casos de Ámsterdam, Pontevedra y Copenhague. Casi podríamos borrarlos de nuestras ciudades.
En esta era de múltiples emergencias, con el desastre climático, la contaminación, y la alienación social, es necesario recordar que las tecnologías existen para servirnos, no para dominarnos. Ha llegado la hora de sacar el coche de nuestras vidas.
Traducido por Francisco de Zárate

martes, 5 de marzo de 2019

Cemento: el material más destructivo de la Tierra

Después del agua, el hormigón es el material más utilizado en el planeta. Sus beneficios esconden enormes peligros para el medioambiente y la salud. En el tiempo que tardas en leer esta frase, la industria de la construcción habrá llenado más de 19.000 bañeras de cemento. El cemento consume casi una décima parte del uso de agua industrial. El 75% de este consumo se da en regiones que sufren sequías.

Un trabajador palestino vierte cemento en el techo de un edificio de apartamentos en construcción. EFE

En el tiempo que tardas en leer esta frase, la industria global de la construcción habrá llenado más de 19.000 bañeras de cemento. En un solo día habría llenado prácticamente la Presa de las Tres Gargantas en China, las más grande del mundo. En un año, hay suficiente cemento para convertir en patio cada colina, valle, rincón y grieta en Inglaterra.
Después del agua, el cemento es la sustancia más utilizada en la Tierra. Si la industria del cemento fuese un país, sería el tercer país del mundo con más emisiones de dióxido de carbono en el mundo con alrededor de 2.800 millones de toneladas, solo superado por China y Estados Unidos.
El cemento es la fundación del desarrollo moderno y la forma en que tratamos de domar la naturaleza. Nos protege de los elementos: de la lluvia sobre nuestras cabezas, del frío en los huesos y del barro sobre nuestros pies. Pero también sepulta inmensas extensiones de tierra fértil, congestiona los ríos, ahoga hábitats y, actuando como una segunda piel dura como una roca, nos aísla de lo que está sucediendo fuera de nuestros fuertes urbanos.
Puede que ya hayamos superado el punto en que el hormigón pese más que la masa de carbono de todos los árboles y arbustos del planeta. En este sentido, nuestro entorno construido está dejando atrás al natural. Sin embargo, a diferencia de la naturaleza, el cemento realmente no crece, sino que su principal cualidad es endurecerse y posteriormente degradarse muy lentamente.
Todo el plástico producido en los últimos 60 años suma 8.000 toneladas. La industria del cemento produce más que eso cada dos años. Pero aunque el problema es mayor que el del plástico, a menudo se percibe como menos grave. El cemento no es un producto derivado de los combustibles fósiles, no aparece en el estómago de ballenas y gaviotas. Los doctores no están descubriendo restos de cemento en nuestra sangre y tampoco lo vemos enredado en árboles ni forma grandes masas sólidas subterráneas en las alcantarillas. Con el cemento, sabemos en qué punto estamos. O para ser más precisos: sabemos a dónde está yendo: a ningún lado. Por eso precisamente hemos llegado a depender de él.
El cemento es amado por su peso y resistencia. Por eso sirve como fundación de la vida moderna, conteniendo el tiempo, la naturaleza, los elementos y el caos. El Panteón y el Coliseo de Roma son la prueba de la durabilidad del cemento. Pero como cualquier cosa en exceso, puede crear más problemas que soluciones.
En ocasiones un firme aliado y en ocasiones un falso amigo, el cemento puede resistir a la naturaleza durante décadas y después, de pronto, amplificar su impacto. Sirvan de ejemplo las inundaciones en Nueva Orleans tras el Huracán Katrina y en Houston tras Harvey. En ambos casos, el cemento empeoró la situación porque las calles urbanas y suburbanas no podían absorber la lluvia y los desagües demostraron ser totalmente inútiles para las nuevas situaciones extremas que vive un clima perturbado.

Un monstruo sediento en zonas de sequía

El hormigón también magnifica el clima extremo del que nos protege. Tomando todas las fases de la producción, el cemento es responsable de entre el 4% y el 8% del dióxido de carbono (CO2) mundial. Entre materiales, solo el carbón, el petróleo y el gas son fuente más grande de gases de efecto invernadero.
Pero otros impactos medioambientes son todavía más incomprendidos. El cemento es un monstruo sediento que consume casi una décima parte del uso de agua industrial. Esto a menudo tensa el suministro de agua para beber y regar porque el 75% de este consumo se da en regiones en sequía o con estrés hídrico. En las ciudades, el hormigón también contribuye al efecto 'isla de calor' al absorber el calor del sol y atrapar gases expulsados por los vehículos y los aparatos de aire acondicionado –aunque al menos es mejor que el asfalto–.
Por otro lado, el cemento empeora el problema de la silicosis y otras enfermedades respiratorias. El polvo de las reservas y mezcladoras de hormigón levantado por el viento representa hasta un 10% de las partículas gruesas que asfixian a Delhi. Las canteras de piedra caliza y fábricas de cemento a menudo también son fuente de contaminación, junto a los camiones que transportan los materiales hasta los lugares de construcción. A esta escala de producción, incluso la adquisición de arena puede ser catastrófica –destrozando muchas de las playas y cursos de los ríos del mundo–. Además, esta forma de minería cada vez tiene más presencia del crimen organizado y grupos asociados con violencia y asesinatos.
Esto se relaciones con el impacto más grave, pero menos comprendido del hormigón, que es que destroza infraestructura natural sin reemplazar las funciones ecológicas de las que depende la humanidad para la fertilización, polinización, control de inundaciones, producción de oxígeno y purificación del agua. Durante siglos, la humanidad ha estado dispuesta a aceptar esta consecuencia medioambiental a cambio de los indudables beneficios del cemento. Pero puede que ahora la balanza se esté inclinando hacia la otra dirección.

El caso de Japón

Un ejemplo clásico del uso excesivo del hormigón es Japón, que durante la segunda mitad del siglo XX abrazó con entusiasmo este material para reconstruir el país y la economía. Tanto que el Gobierno llegó a ser conocido como doken kokka (estado de construcción). La economía creció cerca de los dos dígitos hasta finales de los 80. Pero no hay mucho hormigón que se pueda colocar de manera útil sin arruinar el medioambiente.
Alex Kerr, autor del libro Dogs and demons señala que la cantidad de cemento por metro cuadrado en Japón es 30 veces la cantidad de EEUU y el volumen es prácticamente el mismo. “Hablamos de un país del tamaño de California que tiene la misma cantidad de cemento que todo EEUU. Multiplica los centros comerciales y la expansión urbanística de EEUU por 30 para hacerte una idea de lo que ocurre en Japón”, señala.
La invasión del cemento en Japón era contraria a los ideales estéticos clásicos de armonía con la naturaleza, pero era comprensible dado al miedo omnipresente a los terremotos y tsunamis en uno de los países con mayor actividad sísmica. Todo el mundo sabía que los caudales de los ríos y las costas llenos de hormigón eran feos, pero no importaba siempre y cuando les mantuviesen seguros.
Esta supuesta protección hizo que el devastador terremoto y tsunami de 2011 fuese aún más impactante. Inmensas paredes construidas durante décadas quedaron arrasadas en minutos. Murieron unas 16.000 personas y un millón de edificios quedaron destruidos o dañados. Pero el lobby del hormigón era demasiado fuerte. El Partido Liberal Democrático volvió al poder un año después con la promesa de gastarse 1,5 billones en obras públicas en la siguiente década, equivalente al 40% de la producción económica de Japón. A las empresas de construcción se les volvió a pedir que contuviesen el mar, esta vez con barreras más altas y gruesas.
En todo el mundo, el cemento se ha convertido en sinónimo de desarrollo. En la teoría, el objetivo plausible del progreso humano se mide por una serie de indicadores económicos y sociales, la esperanza de vida, la mortalidad infantil, la alfabetización... Pero para los líderes políticos, la medida más importante de largo es el producto interior bruto. Y nada fortalece más la economía de un país que el cemento.

China, la superpotencia hormigonera del siglo XXI

En la actualidad, China, la superpotencia hormigonera del siglo XXI, es otro gran ejemplo. El extraordinario paso de Pekín de una nación en desarrollo a superpotencia en espera ha requerido montañas de cemento, playas de arena y lagos de agua. La velocidad a la que se están mezclando estos materiales es quizá la estadística más increíble de la era moderna: desde 2003, China vierte más cemento cada tres años que EEUU durante todo el siglo XX.
Hoy, China usa casi la mitad del hormigón mundial. El sector de la propiedad –carreteras, puentes, ferrocarriles, desarrollo urbano y otros proyectos de acero y hormigón– representaron una tercera parte de la expansión económica del país en 2017.
El tan anunciado proyecto chino 'Belt and road iniciative' –un proyecto de infraestructuras en el extranjero mucho más grande que el Plan Marshall– promete un despilfarro de carreteras en Kazajistán, al menos 15 presas en África, ferrocarriles en Brasil y puertos en Pakistán, Grecia y Sri Lanka. Para abastecer este y otros proyectos, China National Building Material, el mayor productor de cemento del país, ha anunciado planes para construir 100 fábricas de cemento en 50 países.
El auge del cemento vendrá acompañado, casi seguro, de mayor actividad criminal. Además de ser el vehículo principal para la construcción nacional, la industria de la construcción también es el mayor canal para sobornos y mordidas. En muchos países la correlación es tal que la gente lo ve como un índice: cuanto más cemento, más corrupción. De acuerdo con la ONG Transparencia Internacional, la construcción es el negocio más oscuro del mundo
Se espera que en los próximos 40 años las zonas de nueva construcción se dupliquen. Por una parte, esto traerá beneficios sanitarios. El científico medioambiental Vaclav Smil estima que la sustitución de suelos de barro por suelos de cemento en las casas más pobres del mundo puede cortar en un 80% las enfermedades parasitarias. Pero cada carretilla cargada de cemento también acerca al mundo al desastre ecológico.
El think tank Chatham House predice que la urbanización, el crecimiento de la población y el desarrollo económico impulsarán la producción global de cemento de 4.000 a 5.000 millones de toneladas al año. Si los países en desarrollo aumentan sus infraestructuras a la velocidad actual a nivel global, el sector de la construcción emitirá 470 gigatones de dióxido de carbono para el año 2050, según la Comisión Global en Economía y Clima.
Esto viola el Acuerdo del Clima de París, bajo el cual los gobiernos se comprometieron a recortar las emisiones anuales de carbono de la industria del cemento en al menos un 16% para 2030 si el mundo quiere cumplir el objetivo de calentamiento de 1,5 a 2 grados.

domingo, 17 de febrero de 2019

El aviso de los insectos

La desaparición de especies en el mayor grupo de seres vivos del planeta está batiendo records jamás anotados por la ciencia. Los insectos son esenciales para la polinización de las plantas y el desarrollo de los cultivos que nos proveen de alimento.

EFE

Aunque como especie intentemos ir de guay por el planeta, si miramos al resto de las que lo pueblan, ese inmenso mosaico formado por la biodiversidad que habita la Tierra, lo cierto es que, a escala de biomasa planetaria, somos absolutamente insignificantes.
Los homínidos formamos una diminuta familia perteneciente al orden de los primates. Chimpancés, gorilas, orangutanes, bonobos y humanos: ahí estamos todos; cinco macarras que por el hecho de caminar erguidos y tener más o menos destreza con el uso de la inteligencia nos creemos alguien. Pero aquí los que verdaderamente mandan son los insectos.
Algunos estudios señalan que más de la mitad de los animales que pueblan la Tierra pertenecen a esta clase de invertebrados. Otros elevan esa proporción a casi tres cuartas partes. Su biomasa pesa veinte veces más que la de la humanidad.
Y es que, con alrededor de un millón de especies descritas, de lo que no cabe duda es que los insectos son el grupo más variado, numeroso y ubicuo del planeta. Sin embargo los seres humanos prestamos poca atención a esta clase de animales, cuando deberíamos hacerlo.
Los científicos llaman "bioindicadores" a los cambios en los ecosistemas asociados a la pérdida de calidad ambiental y el avance del cambio climático. En ese sentido algunos seres vivos, con su expansión o su declive, actúan como semáforos vivientes de lo que está ocurriendo, avisándonos de la que se nos puede venir encima.
Y el último aviso de los insectos es muy inquietante.
La revista científica Biological Conservation acaba de dar a conocer los resultados de un estudio sobre el declive mundial de los insectos coordinado por el investigador español Francisco Sánchez-Bayo, del Instituto de Agricultura de la Universidad de Sidney, Australia. 
"La biodiversidad de los insectos está amenazada en todo el mundo". Así de contundente es la frase con la que arranca este riguroso trabajo de investigación que ha dado la vuelta al mundo gracias a un excelente artículo divulgativo publicado la semana pasada en The Guardian.
Con un ritmo de descenso de las poblaciones de insectos del 2,5% anual, la desaparición de especies en el mayor grupo de seres vivos del planeta está batiendo records jamás anotados por la ciencia. Si seguimos así en los próximos diez años podría desaparecer una cuarta parte de especies y a la siguiente década nos podríamos quedar con la mitad. Para final de siglo perderíamos a nuestros mejores aliados en la naturaleza y los mayores facilitadores de la biodiversidad terrestre.
Los insectos son esenciales para la polinización de las plantas y el desarrollo de los cultivos que nos proveen de alimento. Sin ellos el superdotado Homo sapiens no es nadie. Pero es que además son un eslabón indispensable para el mantenimiento del resto de la cadena trófica, donde sirven como alimento base para la mayoría de los vertebrados y desarrollan un trabajo insustituible como organismos descomponedores de la materia orgánica: son el mayor restaurante del planeta y los grandes recicladores de la naturaleza.
La contaminación atmosférica, las malas prácticas y el abuso en el uso de agroquímicos en la agricultura intensiva, la deforestación, el cambio de uso de los suelos y el avance del calentamiento global son las principales causas que están detrás de esta grave amenaza.
Si los dejamos caer, si no ponemos en marcha los mecanismos necesarios para revertir su retroceso, el aviso de los insectos se puede convertir en un auténtico ultimátum para todos.

viernes, 26 de octubre de 2018

Así sería un futuro verde y en paz

“No podemos resolver los problemas pensando de la misma manera que cuando los creamos.”  — Albert Einstein

Comencé en Greenpeace hace diez años. 2008 no parece muy lejano pero el mundo era un lugar muy diferente entonces. “Tweetstorm” no era una palabra; Wikipedia y la democratización del conocimiento eran ideales utópicas, y la adicción a las redes sociales no figuraba como un trastorno psicológico.
La tecnología ha cambiado nuestras vidas a un ritmo nunca antes experimentado. La crisis económica mundial, Trump, la crisis de refugiados o el Brexit son algunos de los síntomas de un sistema roto. Su decadencia se ha acelerado y, en algunos casos, desencadenado por las innovaciones digitales de la última década.Existe un claro desapego entre la tecnología y nuestras necesidades sociales actuales.
Estamos experimentando una profunda desconexión sistémica: una división cultural ecológica, social y espiritual. Existe una desconexión entre el imperativo de crecimiento infinito y los recursos finitos del planeta Tierra, entre la propiedad privada y el mejor uso social de la propiedad, entre el producto interior bruto y el bienestar.

Pero el fracaso de nuestro actual sistema socioeconómico tambiénha traído un fuerte deseo de cambiar el mundo y co-crear uno mejor.La Primavera Árabe, el 15M y Occupy Wall Street esparcieron nuevos sistemas de valores y generaron iniciativas políticas y económicas que cuestionaron la priorización de los beneficios sobre las personas y el paradigma del crecimiento sin fin. Estos movimientos usaron la tecnología para imaginar un sistema económico nuevo, más inclusivo y equitativo que opera dentro de los límites ambientales de nuestro planeta.
Las economías de intercambio y circular son una apuesta en esta dirección, y una respuesta a la crisis económica. Desafortunadamente, como con muchas otras ideas, han sido secuestrados por el sector privado y su principal impulsor: el crecimiento. La idea de una economía circular tiene un efecto de rebote, lo que significa que podríamos terminar incrementando la producción general, lo que compensaría cualquier beneficio.
La crisis ambiental no puede abordarse de forma aislada. Conceptos como compartir o la economía circular solo funcionarán si se integran en estrategias más amplias que lleven al cambio del sistema económico.

Y ahora imagina:

Qué pasaría si configuramos una nueva economía para…

… poner a las personas en primer lugar
Priorizar a las personas y el medioambiente sobre intereses económicos a corto plazo. Servir a la salud y al bienestar de las personas y otras formas de vida, la sostenibilidad ambiental y la justicia social en lugar de socavarlos en nombre del crecimiento. Promover la justicia, la rendición de cuentas y la transparencia en los procesos políticos y económicos.

… incluir a todas las personas
Tratar a las personas cuidadoras no remunerados y a los padres y madres como contribuyentes a la sociedad por derecho propio. Mantener los bienes comunes; un espacio donde las comunidades pueden organizarse para administrar un recurso que les importa basado en sus propias reglas, en lugar de uno definido por el mercado o el estado.
Reinventar las instituciones y estructuras para que sean menos jerárquicas y más inclusivas; democratizar el conocimiento, la información y los recursos, distribuir el poder y descentralizar la energía y los sistemas alimentarios. Reconocer la diversidad humana al tiempo que se brindan oportunidades equitativas independientemente de su raza, nacionalidad, etnia, idioma, religión, orientación sexual, género, clase social, edad y capacidad mental o física.

… compartir recursos
Distribuir las formas en que creamos e intercambiamos bienes para redistribuir la riqueza de manera equitativa. Los nuevos modelos de negocios (como cooperativas, plataformas de usuarios y redes de reparación y reparación entre pares) pueden ponerse en marcha gracias a las tecnologías innovadoras (como Blockchain o la impresión en 3D) que, si se usan adecuadamente, tienen un gran potencial para suavizar cómo consideramos el concepto de propiedad.

… poner las experiencias por encima de las cosas
Ofrecer una visión alternativa de la vida basada en la participación cívica, la afiliación, el universalismo y las experiencias compartidas, proporcionando un antídoto para el consumismo. Medir el éxito económico, no sólo en la cantidad de bienes y servicios producidos (PBI), sino en contribuciones para preservar los recursos públicos y el bienestar.

… ser genuinamente sostenible
Poner la regeneración en el centro de nuestra existencia y administrar nuestros recursos finitos con cuidado: protegiendo la biodiversidad, utilizando la energía renovable en toda su capacidad, cultivando nuestros alimentos ecológicamente y viajando con un transporte público más ecológico. Podemos prevenir la contaminación y eliminar los residuos al poner primero la reducción y la reutilización.

… limitar la actividad económica
Esto significaría:
  • Conservar grandes áreas marinas, santuarios oceánicos, bosques protegidos y áreas silvestres por el simple hecho de ser salvajes.
  • Reducir drásticamente el tamaño y la influencia de la industria financiera en la economía, abolir las prácticas nocivas y los productos financieros.
  • Establecer regulaciones para penalizar las violaciones de los derechos ambientales y humanos, y para controlar el uso privado de los bienes comunes.
  • Crear un sistema de comercio justo orientado al bienestar público y la mejora de los estándares ambientales y sociales en todo el mundo, poniendo fin al régimen de libre comercio neoliberal que promueve la desregulación y los tribunales privados para las empresas.

… disfrutar de más tiempo libre
Acabar con nuestra obsesión con el tiempo de trabajo y fomentar un intercambio más equitativo de trabajo al reducir las horas de trabajo para las personas. Liberar a las personas, los recursos y la energía de las presiones y el consumo de la productividad del mercado para dedicar más tiempo a las cosas que nos importan.

… compartir la riqueza
Hacer que paguen la mayor cantidad de impuestos quienes acumulen mayor riqueza, utilicen la mayor cantidad de recursos y energía, produzcan la mayor cantidad de desechos y contaminación, participen en transacciones financieras y especulaciones dañinas y otras actividades perjudiciales para el interés público y los bienes comunes. Cambiar la carga de los impuestos de la mano de obra y los salarios, y terminar con los subsidios para las compañías que son ambiental o socialmente dañinas.
A little boy smiles in a bee farming area in Semang

Este sistema funcionaría para la mayoría de las personas y el medio ambiente, y no solo para unas pocas. Un sistema que se aleja de una cultura de usar y tirar y del consumismo. Un sistema que es simultáneamente libre (conocimiento abierto), justo (inclusivo para todas las culturas) y sostenible (integrado en las realidades ecológicas).
¿Suena todo esto demasiado utópico e idealista? Si queremos construir una nueva economía y el próximo sistema, debemos reunir el coraje suficiente y atrevernos a pensar de manera diferente para resolver nuestros nuevos desafíos.
El nuevo pensamiento traerá una nueva conciencia y esperanza para un mundo donde, como seres humanos, nos volvemos a conectar con nuestro planeta y con los demás.
Por esto en Greenpeace hemoslanzado la campaña Neopolitan: una nueva (neo) ciudadanía (polis) dispuesta a cambiar el sistema de consumo actual (de usar y tirar, de alimentación, ropa, transporte) con el fin de hacer de las ciudades lugares más sostenibles, contribuyendo así a la lucha contra el cambio climático y la pérdida de biodiversidad.
Y tú, ¿qué futuro quieres ver? ¡Comparte su visión de esperanza en los comentarios! : )
Artículo por Paula Tejón Carbajal, Responsable Estratégica de Campañas en Greenpeace Internacional

lunes, 9 de julio de 2018

Las emisiones de CO2 en España crecieron un 4,4% el año pasado, la mayor subida desde 2002

El avance del inventario que el Gobierno envía a la Comisión Europea indica que se lanzaron 338,8 millones de toneladas. La subida se debió, sobre todo, a la generación de electricidad a base de carbón ante la caída de la hidroeléctrica por la escasez de lluvias. España sigue incapaz de desacoplar el crecimiento económico, un 3,1% en 2017, de las emisiones de gases de efecto invernadero.

Central térmica de As Pontes emitiendo.
Las emisiones en España de CO2, uno de los principales gases de efecto invernadero, crecieron un 4,4% en 2017. Es la mayor subida desde 2002, según el balance provisional que el Gobierno debe remitir a la Comisión Europea.
Este avance del informe anual indica que la escalada provino, especialmente, de la generación de electricidad debido a la mayor producción a base de carbón y la caída de la fuente hidroeléctrica. El año pasado se emitieron 338,8 millones de toneladas de CO2.
Al igual que ocurrió con los niveles de contaminación, el crecimiento económico español se vio ligado a un empeoramiento en las condiciones medioambientales. El impulso en el Producto Interior Bruto (PIB) de un 3,1% durante un curso climáticamente tan seco como 2017, ha dado el resultado de este incremento de las emisiones de gases de efecto invernadero al echarse mano de las centrales térmicas para satisfacer la demanda eléctrica. 
Los gases de efecto invernadero como el dióxido de carbono están en la base del proceso de calentamiento global de la tierra que provoca el cambio climático. Este fin de semana pasado se registró una temperatura de 51,3 ºC en Argelia en lo que apunta al registro "fiable", según los técnicos, más elevado detectado en África. Vuelve a subir la contaminación del aire en España, incapaz de crecer sin elevar la polución
Este balance refleja "que es necesaria una mayor penetración de las fuentes renovables a la vez que desacoplar el crecimiento económico de las emisiones", ha dicho tras conocer el inventario el nuevo secretario de Estado de Medio Ambiente, Hugo Morán.

lunes, 9 de abril de 2018

No, comprarse un coche a gas no es ecológico

Asistimos a una creciente promoción del gas como combustible alternativo en el transporte, con una fuerte apuesta de las empresas del sector y un claro apoyo institucional. La narrativa que impulsa esta apuesta presenta al gas fósil como un combustible limpio y bajo en carbono; una falacia irresponsable y muy poco seria a la luz del reto climático que tenemos por delante. En términos climáticos un coche a gas no es ecológico, se ponga como se ponga la publicidad.

Publicidad sosteniblemente contradictoria.
Cada vez es más frecuente toparse con publicidad como la que encabeza este artículo. SEAT ha emprendido con fuerza una campaña para promocionar sus nuevos híbridos de gasolina y gas, y el reclamo eco (económico y ecológico) es tan potente que hasta se llega a afirmar que si quieres ahorrar, debes conducir más. No se han atrevido a decir que si quieres salvar el planeta, debes pisar el acelerador, pero casi. El fabricante de coches, que ha elegido nuestro país como cuartel general para el desarrollo de vehículos a gas, asegura que en 2020 espera multiplicar por diez las ventas de coches alimentados por este combustible, para que lleguen a representar en 2025 el 50% total de sus ventas.
Su publicidad afirma sin ningún empacho que los vehículos a GNC (gas natural comprimido) resultan más ecológicos que los diésel, gasolina e incluso híbridos eléctricos no enchufables. La campaña de esta marca a favor de esta fuente de energía no es un hecho aislado y se encuadra dentro de un fuerte impulso general de promoción del gas en todo el sector del transporte –y en todo el modelo energético en general-, aupado por la narrativa dominante de que el gas es un combustible limpio.
Pero no. El gas es un combustible fósil. Para nuestros despistados amigos de SEAT, recordaremos que los combustibles fósiles son esas fuentes energéticas que la ciencia nos dice que debemos dejar bajo tierra sin extraer, si queremos cumplir con los objetivos climáticos. La industria automovilística necesita desesperadamente transmitir la idea de que está reinventando el sector, después haber perdido en buena medida su credibilidad tras el terrible engaño al que sometió a la sociedad con el DieselGate. Por ello es muy preocupante este nuevo capítulo de postverdad climática y ambiental, esta vez con el gas.
Los días 11 y 12 de abril se celebra el VI Congreso de GASNAM, la Asociación Ibérica del gas natural comprimido (GNC) y gas natural licuado (GNL), cuyo objetivo es promover estos combustibles como la alternativa para el transporte marítimo, por carretera, y por ferrocarril. Bajo el lema “Gas natural, ecología inteligente para la movilidad”, este encuentro está patrocinado por la mencionada marca española de coches, por las grandes compañías del oligopolio gasista de nuestro país -Enagás y Gas Natural Fenosa- y por otros conocidos de la industria fósil como Repsol o Galp. Un escaparate perfecto para seguir vendiendo al público y a las instituciones una mentira, que, de tanto repetirla, podríamos llegar a creérnosla: la de que el gas será una pieza fundamental para descarbonizar el transporte.
El apoyo institucional ya está servido. El último plan estatal de ayudas a la adquisición de vehículos alternativos (MOVALT) ya incluyó a los coches propulsados a gas (GNC y Autogás). Los 20 millones de euros se agotaron en 24 horas. El plan, que concede 2.500 euros a los vehículos de GNC, convierte a éstos en “una oferta imbatible desde el punto de vista puramente económico”, según SEAT. Este tipo de acciones está provocando que el transporte eléctrico esté cediendo terreno al gas en España. Y no solo en el transporte por carretera: somos el primer país del  mundo en poner en marcha un tren piloto alimentado por Gas Natural Licuado (GNL), que desde comienzos de 2018 presta servicio en una línea de ferrocarril del norte español.
La apuesta por el gas viene pisando fuerte. GASNAM anunció recientemente que las matriculaciones de vehículos privados de gas aumentaron un  112% entre 2016 y 2017 y el número de gasineras en 2018 aumentará en un 140%. Actualmente el número de estaciones de servicio en las que se puede repostar gas, apenas llega a sesenta en todo el país (la mitad de ellas en manos de Gas Natural Fenosa). Es de locos empezar a montar toda una nueva infraestructura de transporte, creando demanda en un sector naciente. Y todo para sustituir un combustible fósil…por otro.
La contaminación atmosférica en las ciudades ha puesto al diesel en el punto de mira, debido al serio problema de salud pública generado, en parte, insistimos, por los engaños de la industria. Esa misma industria que ahora se ofrece como salvadora y portadora de la solución. El diesel tiene las horas contadas en España -y en Europa- y debe desaparecer. Como la industria no ha cumplido con la ley, y los vehículos diesel Euro 6 contaminan mucho más de lo que la publicidad nos dice, ciertamente el gas ofrece ventajas a la hora de reducir la contaminación por óxidos de nitrógeno y por partículas en suspensión, principalmente respecto al diesel en vehículos de pasajeros (no parece tan clara la diferencia en vehículos pesados). Pero esto no puede en ningún caso servir de coartada para que los mismos que han creado el problema nos vendan como ecológica la sustitución de un combustible fósil por otro.
Porque en términos climáticos, un coche a gas, no es ecológico, a pesar de lo que nos diga la publicidad. Las supuestas ventajas comparativas que se esgrimen para el gas fósil, en materia de emisiones de gases de efecto invernadero, lo son en este caso con respecto a la gasolina; la industria afirma que un coche con gas natural reduce las emisiones de C02 hasta un 25% en comparación con un motor de gasolina. Y debemos preguntarnos: ¿en serio? ¿El pilar sobre el que se asienta el nuevo modelo de transporte va a ser un combustible que emite un poco menos de CO2? ¿Pero es que no leemos las noticias del gran reto climático al que nos enfrentamos?
Además, la literatura científica más reciente nos alerta de que hemos venido sistemáticamente infravalorando la huella climática del gas. El gas fósil es en su mayoría metano, un gas de efecto invernadero con un potencial de calentamiento climático 86 veces superior al del CO2 en los primeros veinte años de prevalencia en la atmósfera. El metano tiende a fugarse al estar en condiciones de presión. Las ventajas climáticas al quemar gas fósil en lugar de gasolina (menores emisiones de CO2) quedan anuladas si las fugas de metano son significativas. La ciencia muestra cada vez con más contundencia que lo son.
La apuesta por el gas fósil y toda la narrativa ecológica que pretende envolverlo, hay que buscarla por un lado en la necesidad de buscar nuevas salidas al gas en un sistema gasista absolutamente sobredimensionado..España es el cuarto país del mundo en capacidad de regasificación, es decir, de importar gas por barco. Tenemos un montón de infraestructuras gasistas infrautilizadas y deficitarias -que por cierto han contribuido a la pobreza energética al revertirse una vez más su déficit sobre el consumidor- ávidas de nuevos usos que las hagan rentables. Por otro lado, las razones también hay que buscarlas en la ya mencionada necesidad de las empresas automovilísticas de reinventarse y aparecer como esa industria responsable que expiará sus pecados pasados salvándonos de los efectos de sus propios engaños.
Dar apoyo al desarrollo del gas en el transporte es claramente apostar por un modelo equivocado, que contribuye a alentar nuevos proyectos de gas en Europa que son innecesarios. Estas infraestructuras permanecerán en activo durante los próximos 30 o 40 años; un tiempo perdido en términos de lucha climática. Un reciente estudio del Tyndall Centre for Climate Change Research apuntaba que Europa básicamente no puede permitirse nuevas infraestructuras de gas si quiere tener alguna oportunidad de cumplir con los objetivos de París.
Por ello no debemos dejarnos embaucar por los cantos de sirena que se escucharán en el Congreso de GASNAM estos días. Deberíamos exigirles que dejen de engañar y decirles claramente que la industria fósil no tiene futuro, tampoco en el transporte. Que los combustibles fósiles formen parte de la ecuación para reducir las emisiones es algo fuera de toda lógica. La contaminación atmosférica mejora cuando se reduce el tráfico. Y las emisiones de gases de efecto invernadero se reducen cuando se dejan de quemar combustibles fósiles.
La verdadera apuesta solo puede ir por una transformación absoluta del modelo de movilidad que no se base en los desplazamientos individuales. Necesitamos exigir la mejora y el fomento del transporte público, la promoción de los modos no motorizados de transporte, la reducción de las necesidades de desplazamiento, la compactación las ciudades, la electrificación de los autobuses y el ferrocarril,…eso si que es ecológico.