viernes, 26 de octubre de 2018

Así sería un futuro verde y en paz

“No podemos resolver los problemas pensando de la misma manera que cuando los creamos.”  — Albert Einstein

Comencé en Greenpeace hace diez años. 2008 no parece muy lejano pero el mundo era un lugar muy diferente entonces. “Tweetstorm” no era una palabra; Wikipedia y la democratización del conocimiento eran ideales utópicas, y la adicción a las redes sociales no figuraba como un trastorno psicológico.
La tecnología ha cambiado nuestras vidas a un ritmo nunca antes experimentado. La crisis económica mundial, Trump, la crisis de refugiados o el Brexit son algunos de los síntomas de un sistema roto. Su decadencia se ha acelerado y, en algunos casos, desencadenado por las innovaciones digitales de la última década.Existe un claro desapego entre la tecnología y nuestras necesidades sociales actuales.
Estamos experimentando una profunda desconexión sistémica: una división cultural ecológica, social y espiritual. Existe una desconexión entre el imperativo de crecimiento infinito y los recursos finitos del planeta Tierra, entre la propiedad privada y el mejor uso social de la propiedad, entre el producto interior bruto y el bienestar.

Pero el fracaso de nuestro actual sistema socioeconómico tambiénha traído un fuerte deseo de cambiar el mundo y co-crear uno mejor.La Primavera Árabe, el 15M y Occupy Wall Street esparcieron nuevos sistemas de valores y generaron iniciativas políticas y económicas que cuestionaron la priorización de los beneficios sobre las personas y el paradigma del crecimiento sin fin. Estos movimientos usaron la tecnología para imaginar un sistema económico nuevo, más inclusivo y equitativo que opera dentro de los límites ambientales de nuestro planeta.
Las economías de intercambio y circular son una apuesta en esta dirección, y una respuesta a la crisis económica. Desafortunadamente, como con muchas otras ideas, han sido secuestrados por el sector privado y su principal impulsor: el crecimiento. La idea de una economía circular tiene un efecto de rebote, lo que significa que podríamos terminar incrementando la producción general, lo que compensaría cualquier beneficio.
La crisis ambiental no puede abordarse de forma aislada. Conceptos como compartir o la economía circular solo funcionarán si se integran en estrategias más amplias que lleven al cambio del sistema económico.

Y ahora imagina:

Qué pasaría si configuramos una nueva economía para…

… poner a las personas en primer lugar
Priorizar a las personas y el medioambiente sobre intereses económicos a corto plazo. Servir a la salud y al bienestar de las personas y otras formas de vida, la sostenibilidad ambiental y la justicia social en lugar de socavarlos en nombre del crecimiento. Promover la justicia, la rendición de cuentas y la transparencia en los procesos políticos y económicos.

… incluir a todas las personas
Tratar a las personas cuidadoras no remunerados y a los padres y madres como contribuyentes a la sociedad por derecho propio. Mantener los bienes comunes; un espacio donde las comunidades pueden organizarse para administrar un recurso que les importa basado en sus propias reglas, en lugar de uno definido por el mercado o el estado.
Reinventar las instituciones y estructuras para que sean menos jerárquicas y más inclusivas; democratizar el conocimiento, la información y los recursos, distribuir el poder y descentralizar la energía y los sistemas alimentarios. Reconocer la diversidad humana al tiempo que se brindan oportunidades equitativas independientemente de su raza, nacionalidad, etnia, idioma, religión, orientación sexual, género, clase social, edad y capacidad mental o física.

… compartir recursos
Distribuir las formas en que creamos e intercambiamos bienes para redistribuir la riqueza de manera equitativa. Los nuevos modelos de negocios (como cooperativas, plataformas de usuarios y redes de reparación y reparación entre pares) pueden ponerse en marcha gracias a las tecnologías innovadoras (como Blockchain o la impresión en 3D) que, si se usan adecuadamente, tienen un gran potencial para suavizar cómo consideramos el concepto de propiedad.

… poner las experiencias por encima de las cosas
Ofrecer una visión alternativa de la vida basada en la participación cívica, la afiliación, el universalismo y las experiencias compartidas, proporcionando un antídoto para el consumismo. Medir el éxito económico, no sólo en la cantidad de bienes y servicios producidos (PBI), sino en contribuciones para preservar los recursos públicos y el bienestar.

… ser genuinamente sostenible
Poner la regeneración en el centro de nuestra existencia y administrar nuestros recursos finitos con cuidado: protegiendo la biodiversidad, utilizando la energía renovable en toda su capacidad, cultivando nuestros alimentos ecológicamente y viajando con un transporte público más ecológico. Podemos prevenir la contaminación y eliminar los residuos al poner primero la reducción y la reutilización.

… limitar la actividad económica
Esto significaría:
  • Conservar grandes áreas marinas, santuarios oceánicos, bosques protegidos y áreas silvestres por el simple hecho de ser salvajes.
  • Reducir drásticamente el tamaño y la influencia de la industria financiera en la economía, abolir las prácticas nocivas y los productos financieros.
  • Establecer regulaciones para penalizar las violaciones de los derechos ambientales y humanos, y para controlar el uso privado de los bienes comunes.
  • Crear un sistema de comercio justo orientado al bienestar público y la mejora de los estándares ambientales y sociales en todo el mundo, poniendo fin al régimen de libre comercio neoliberal que promueve la desregulación y los tribunales privados para las empresas.

… disfrutar de más tiempo libre
Acabar con nuestra obsesión con el tiempo de trabajo y fomentar un intercambio más equitativo de trabajo al reducir las horas de trabajo para las personas. Liberar a las personas, los recursos y la energía de las presiones y el consumo de la productividad del mercado para dedicar más tiempo a las cosas que nos importan.

… compartir la riqueza
Hacer que paguen la mayor cantidad de impuestos quienes acumulen mayor riqueza, utilicen la mayor cantidad de recursos y energía, produzcan la mayor cantidad de desechos y contaminación, participen en transacciones financieras y especulaciones dañinas y otras actividades perjudiciales para el interés público y los bienes comunes. Cambiar la carga de los impuestos de la mano de obra y los salarios, y terminar con los subsidios para las compañías que son ambiental o socialmente dañinas.
A little boy smiles in a bee farming area in Semang

Este sistema funcionaría para la mayoría de las personas y el medio ambiente, y no solo para unas pocas. Un sistema que se aleja de una cultura de usar y tirar y del consumismo. Un sistema que es simultáneamente libre (conocimiento abierto), justo (inclusivo para todas las culturas) y sostenible (integrado en las realidades ecológicas).
¿Suena todo esto demasiado utópico e idealista? Si queremos construir una nueva economía y el próximo sistema, debemos reunir el coraje suficiente y atrevernos a pensar de manera diferente para resolver nuestros nuevos desafíos.
El nuevo pensamiento traerá una nueva conciencia y esperanza para un mundo donde, como seres humanos, nos volvemos a conectar con nuestro planeta y con los demás.
Por esto en Greenpeace hemoslanzado la campaña Neopolitan: una nueva (neo) ciudadanía (polis) dispuesta a cambiar el sistema de consumo actual (de usar y tirar, de alimentación, ropa, transporte) con el fin de hacer de las ciudades lugares más sostenibles, contribuyendo así a la lucha contra el cambio climático y la pérdida de biodiversidad.
Y tú, ¿qué futuro quieres ver? ¡Comparte su visión de esperanza en los comentarios! : )
Artículo por Paula Tejón Carbajal, Responsable Estratégica de Campañas en Greenpeace Internacional

sábado, 20 de octubre de 2018

"Tenemos esperanza": Fukushima recurre al turismo tras el accidente nuclear

Es posible que a la región siempre se le relacione con la catástrofe, pero algunos vecinos quieren que el mundo sepa que la vida continua. La catástrofe de Fukushima 7 años después

Un periodista mide la radiación durante una visita a la central nuclear de Fukushima EFE

Incluso ahora, casi ocho años después de que un mortífero terremoto y un tsunami desencadenaran el colapso de la central nuclear de Fukushima, es imposible evitar el legado físico de tal catástrofe. Las cubiertas de las casas sin nada dentro se encuentran en los arrozales estériles sobre los que las olas mataron a más de 18.000 personas de tres prefecturas del noreste de Japón –incluidas 1.600 en Fukushima– en la tarde del 11 de marzo de 2011.
La marca Fukushima puede que siempre quede asociada con una catástrofe nuclear, pero algunos vecinos, cabreados con los continuos rumores sobre los peligros de hacer visitas breves a la zona, recurren al turismo para mostrar al mundo que, para algunos, la vida continua en Fukushima.
A la gente del lugar no le gusta la idea de vivir en un lugar "oscuro", dice Shuzo Sasaki, una autoridad del Gobierno que también trabaja como guía de Real Fukushima, una de las diversas organizaciones que ofrecen tours a pequeños grupos de visitantes.
"La idea de que Fukushima es un lugar peligroso es completamente errónea", añade Sasaki, que ha guiado visitas de estudiantes del Instituto de Tecnología de Georgia y que hará lo propio con otro grupo de estudiantes de secundaria daneses al año que viene.
Los vecinos están un tanto desesperados y se enfrentan al desafío de cambiar la narrativa de Fukushima que se hizo famosa este verano con la publicación de 'Dark Tourist', una serie de Netflix presentada por el periodista neozelandés David Farrier.
En uno de los episodios, Farrier y varios turistas extranjeros aparecen con contadores Geiger mientras circulan por la zona montados en un minibús. Algunos de ellos parecen angustiados cuando las mediciones de radiación se disparan.
Cuando se les ve almorzando como a disgusto en un restaurante, Farrier especula sobre si su comida podría estar contaminada, y eso que el límite oficial de sustancias radiactivas en los alimentos de Fukushima es mucho más bajo que en la UE y EEUU.
En algunas zonas descontaminadas de Fukushima, los niveles de radiación han descendido hasta el límite marcado por el Gobierno de 0,23 microsieverts por hora o un milisievert al año, suponiendo que una persona pase ocho horas al aire y 16 horas en un interior. En comparación, la exposición media mundial de los seres humanos a la radiación oscila entre 2,4 y 3 milisierverts al año.
Karin Taira, un guía de Real Fukushima que dirige la Casa de los Faroles, una casa de huéspedes en el distrito de Odaka, afirma que el documental de Netflix exagera el riesgo que supone la radiación y pinta una imagen completamente negativa de la zona. "Da la impresión de que aquí no hay esperanza y sí que la hay", concluye.
Pero también hay constantes recordatorios de la devastación desatada por el tsunami y el accidente nuclear.
Ciudades congeladas en el tiempo
En una colina desde la que se ve el Océano Pacífico, un monumento recuerda los nombres de las 182 personas que murieron en la ciudad e Namie. En el interior, solo un poco más allá del alcance destructivo del tsunami, las pruebas muestran un tipo de tragedia diferente. En la escuela primaria de Kumamachi, a dos kilómetros de la central destruida, las aulas parece que se han congelado en el tiempo, con libros, bolsas y otras posesiones abandonadas en el momento en el que se dio la orden de evacuación. Fuera, las malas hierbas y otras plantas se hacen con las calles donde los jabalíes y los mapaches vagan sin que ningún humano les moleste.
De los 150.000 evacuados tras el accidente nuclear, solo unos pocos han regresado a las zonas calificadas como seguras por el Gobierno. Algunos padres temen la exposición a largo plazo de sus hijos a la radiación porque en algunas zonas se ha demostrado que los niveles de radiación son más altos de lo que el Gobierno afirma. Otros se han mudado a otras zonas y no ven razón para volver a un lugar económicamente arruinado por el desastre.
En las zonas afectadas, la vida continua EFE
Pero la apariencia de normalidad está volviendo a las ciudades y las aldeas. Antes del tsunami, la zona era conocida por sus productos agrícolas y mariscos. Después de siete años, una playa 40 kilómetros al norte volvió a reabrirse. Los agricultores vuelven a plantar arroz y otros cultivos y los pescadores han vuelto al mar. Se han construido placas solares en campos abandonados, aunque quedan eclipsados por unos 16 millones de sacos que contienen tierra vegetal radiactiva extraída de la región durante el gran esfuerzo de descontaminación.
La ciudad de Fukushima albergará partidos de béisbol y fútbol durante los Juegos Olímpicos de Tokio 2020, y la Villa J., que fue utilizada tras el accidente para albergar a trabajadores de rescate y equipos, ya ha recuperado su función original de centro de entrenamiento de fútbol.

"Que los turistas vengan y lo vean por sí mismos"

En la ciudad de Okuma, la autoridad local Shuyo Shiga y sus compañeros se preparan para la apertura el próximo mes de abril de una nueva oficina municipal, apartamentos y tiendas tras el levantamiento parcial de la orden de evacuación. También hay planes para renovar las casas japonesas tradicionales y ofertarlas por Airbnb.
En el año 2016, 52.764 personas visitaron la zona según fuentes gubernamentales, lo que supone un 92% más que el año anterior. "Los turistas se sorprenden de que haya gente viviendo aquí".
El hotel regentado por Takahiro Kanno, en la costa de la ciudad de Minamisoma, se transformó de un alojamiento para trabajadores de centrales eléctricas y de descontaminación a un destino para turistas y grupos de escolares.
"Es complicado animar a la gente a que venga, pero los que lo hacen se sorprenden al ver que la gente que vive tan cerca de la planta lleva de nuevo una vida normal", añade.
Nora Redmond, una turista australiana que estaba por la zona con su marido y su hija, dijo que habían conocían los riesgos de la radiación y que no les preocupaba su salud por las horas que pasaron en las zonas cercanas a la central.
"Oímos que la región estaba sufriendo despoblación, así que pensamos que era buena idea gastar algo de tiempo y dinero aquí", comenta Redmond. "No me di cuenta de la magnitud de la devastación, de que todo el rastro de la gente había desaparecido. Vimos unas 20 casas derrumbadas mientras conducíamos. Se podían ver los hermosos interiores de madera... y eran solo escombros. Eso es lo que más me ha impresionado".
Los vecinos de Fukushima se resisten a ser víctimas, una etiqueta que ignora los focos de actividad económica que surgen en las comunidades donde los niveles de radiación se han reducido a los objetivos establecidos por el Gobierno. En Europa, la exposición natural media oscila entre menos de 2 milisieverts al año en Reino Unido y más de 7 en Finlandia, según indica la organización pro-nuclear World Nuclear Association.
"Se necesitarán años para que este y otros vecindarios tengan el mismo aspecto que antes del desastre", admite Kanno. "Mientras tanto, queremos que los turistas vengan y lo vean por sí mismos y aprendan cómo es la vida aquí. Pero esto es solo el principio", concluye.

La pesca de un pequeño crustáceo pone en riesgo la creación de la mayor reserva marina del mundo en la Antártida

La Comisión del Antártico decide si blindar ambientalmente 1,8 millones de km2 del mar de Weddell. Las reticencias llegan de los estados como Noruega o EEUU con intereses en la pesca del krill, un crustáceo cuyo mercado se expande para la creación de complementos a base de omega 3. España votará a favor de la propuesta, pero la declaración precisa el consenso  de los 29 países. Una objeción impide el acuerdo. os países balleneros bloquean la creación de un santuario en el Atlántico Sur

Grupo de pingüinos emperador.

La explotación de un pequeño crustáceo de apenas seis centímetros, pero creciente interés comercial tiene en vilo la creación de la mayor reserva marina del mundo. La Comisión del Antártico debe decidir en unos días si declara 1,8 millones de km2de océano alrededor de la Antártida como reserva marina. La propuesta, que parte de Alemania, supondría convertir el mar de Weddell en un santuario oceánico frente a la pesca industrial, la minería en profundidad o el tráfico marítimo. España apoyará la declaración de reserva marina durante la conferencia que se celebra en Australia del 22 de octubre al 2 de noviembre. 
La decisión precisa del consenso de los 29 países con voto –España es uno de ellos–. La reticencia de uno solo ya haría imposible la declaración. La proposición comprende el área marina protegida más grande del mundo en la que, se calcula, habitan 9.000 especies además de jugar un papel primordial en la mitigación del cambio climático: el océano Antártico absorbe más de mil millones de CO2 cada año. Todo ese gas de efecto invernadero no termina así en la atmósfera empeorando el calentamiento global.
Ballenas, pingüinos, focas, multitud de especies marinas utilizan estas aguas –de los ecosistemas más vírgenes del planeta–. ¿Quiénes dudan en blindarlas? Pues las reticencias vienen desde estados interesados en una especie mucho menos famosa: el krill.  La pesca e industria de este crustáceo de pequeño tamaño, y concretamente de la especie antártica ( Euphaucea superba), está en expansión. El mercado del aceite de krill superó los 260 millones de euros en 2017. Los analistas le otorgan un crecimiento hasta los 800 millones para 2025. El 60% se dedica a complementos alimenticios por su contenido en ácidos grasos omega 3. 
Propuesta de santuario oceánico en el mar de Weddell / Greenpeace
La flota del krill en la Antártida se compone de buques rusos, chinos, surcoreanos, noruegos... Sin embargo, los gobiernos que han mostrado más trabas durante la negociación han sido EEUU y Noruega. Los nórdicos han ido bloqueando las medidas que supusieran un perjuicio para su flota o la restricción de las áreas de aprovechamiento de krill. El bloqueo no se ejerce mediante negativas rotundas sino, más bien, pidiendo moratorias, mayor concreción en los límites del área protegida... que dilatan la postura final.
La Comisión del Antártico explica que la pesquería de esta especie es un ejemplo de sostenibilidad: las capturas máximas permitidas rondan las 600.000 toneladas, "un 1% de la biomasa sin explotar de la especie", cuentan. La organización Greenpeace publicó hace unos meses, el pasado marzo, una investigación en la que se mostraba, mediante seguimiento de los buques, la expansión de los arrastreros de krill hacia zonas cada vez más sensibles del océano Antártico "más cerca de las costas", puntualizaba el informe. 
El krill está en la base de la cadena alimentaria del mar ya que transforma el plancton vegetal en materia animal. El propio océano austral es una pieza vital en la salud planetaria porque allí se originan fuertes corrientes que llevan nutrientes esenciales al resto de mares.
Cuando el Gobierno alemán realizó la propuesta, el ministro de Pesca y Alimentación, Christian Schmidt, enfatizó la necesidad de mantener el mar de Weddell libre de explotación: "La pesca comercial supondría una gran amenaza", explicó. 
Además de las capturas, la pesca industrial en aguas sensibles lleva aparejados otros riesgos como los derrames de fuel durante los repostajes, el tráfico de cargueros piratas que se llevan cargamentos sin declarar (y que no cuentan para la cuota pesquera), los accidentes navales e, incluso, desembarcos humanos de emergencia en la masa de tierra. 
Con todo, la bióloga marina de la ONG, Pilar Marcos, se muestra "moderadamente optimista". Y destaca que la postura a favor del Gobierno español "es muy importante porque España ha tenido una presencia histórica en la Antártida y arrastra a los países latinoamericanos del Consejo". Chile también ha avanzado que votará a favor. 
Ejemplar de krill antártico / NOAA
La protección ambiental es un proceso lento incluso cuando hay consenso sobre la necesidad de hacerlo. La Comisión Antártica estableció en 2002 que se crearía una red de reservas marinas en el océano que rodea la Antártida. No fue hasta 2011 cuando se identificaron nueve áreas donde establecer los santuarios de esa red. En 2016 se aprobó proteger el mar de Ross cuyo estatus entró en vigor en 2017.
Ahora le toca el turno al mar de Weddell. A diferencia de otros convenios, tratados o acuerdos internacionales, las sesiones que tendrán lugar en la ciudad de Hobart ("capital mundial del krill") serán a puerta cerrada. Hasta el final de la conferencia no se sabrá si se da el visto bueno al santuario antártico. 

Hagan historia: creen la mayor área protegida de la Tierra

El océano Antártico está amenazado por el cambio climático, la contaminación y la pesca industrial. Por eso pido a los líderes mundiales que se pongan de acuerdo y creen el mayor santuario marino del mundo.

Un pingüino en la Antártida GREENPEACE

Pensé que haría frío. No solo frío, sino más frío que en cualquier otro lugar en el que hubiera estado en mi vida. Había imaginado aguerridos exploradores con largas barbas cubiertas de hielo en mitad de la ventisca. Pero nada más lejos. De pie, allí, bajo el sol radiante de la Antártida, escuchando cómo crujían los icebergs azules y viendo a los pingüinos entrar y salir del agua, me sentí completamente hechizado por la belleza de la naturaleza en su estado más puro. 
En lo que no había pensado era en la oscuridad. Y no en la oscuridad de la noche -aunque como europeo, el hemisferio sur me descubrió una nueva astronomía deslumbrante-, sino en la de las profundidades heladas del océano. La que descubrí al sumergirme casi medio kilómetro hasta el fondo marino antártico. 
Javier Bardem en su viaje a la Antártida con Greenpeace
Fue en enero de este año y me acababa de unir a una expedición de Greenpeace como parte de su campaña para lograr la creación de un enorme santuario en el océano Antártico. Con 1,8 millones de kilómetros, sería cinco veces más grande que Alemania. Si lo conseguimos, algo que puede ocurrir cuando los gobiernos se reúnan en las próximas semanas, se convertiría en el área protegida más grande de la Tierra. Ya somos más de dos millones de personas pidiendo que se haga historia. 
El equipo científico a bordo del barco tenía dos pequeños submarinos que les permitían llegar donde el ser humano nunca antes había estado e investigar ecosistemas sobre los que apenas sabemos nada: hábitats profundos que hasta entonces tan solo habían visto a través de una pantalla, pero nunca delante directamente de sus propios ojos. La emoción pudo más que el frío del verano antártico. 
Así que allí estaba yo, en un submarino diminuto, con espacio para tan solo dos personas, sumergiéndome hasta las fronteras del conocimiento humano. La luz se desvaneció de repente y alrededor de nosotros el mar tornó azul intenso. Cuando descendimos cientos de metros bajo la superficie, me rodeó una espesa oscuridad. No tenía ni idea de que el océano pudiera adquirir ese color. Completamente negro.
En la parte delantera del submarino, una linterna brillaba como una luz en mitad de la noche para un niño con miedo a la oscuridad. Era la luz que mostraba el camino hacia el fondo del mar. 
El espectáculo tal y como se aparecía a la vista era asombroso. De entre las gélidas y oscuras profundidades emergió una masa de vida vibrante. 
Javier Bardem en el submarino de Greenpeace
Las temperaturas son tan bajas que la vegetación apenas sobrevive aquí. Casi todo es vida animal: extraños y fantasmagóricos peces casi transparentes; arañas marinas que parecen sacadas de una película de ciencia ficción; coloridas y retorcidas ofiuras, estrellas de mar, corales, esponjas.                                   
Al salir de nuevo a la superficie, las burbujas del submarino se disiparon con la luz. Fue como despertarse de un sueño, las criaturas intangibles del abismo quedaron atrás. Sin duda, había visto las luces y sombras del Antártico. En su superficie, las colonias de pingüinos se extienden kilómetros y kilómetros en islas cubiertas de nieve, con millones de parejas reproductoras cuidando a sus crías en este ambiente inhóspito. También hay ballenas enormes por todas partes que se alimentan de bancos gigantescos rosados de kril, un pequeño animal parecido al camarón, en el que se basa casi toda la vida salvaje de la Antártida. Las focas lobos y los elefantes marinos descansan sobre bloques de hielo a la deriva. Mientras, abajo, otro mundo sigue existiendo en esa oscura vitalidad. 
Se dice que hay más gente que ha visitado la luna que el fondo del océano Antártico. No sé si será verdad, pero lo cierto es que se siente así. Sabemos muy poco sobre este entorno insólito, por eso es tan importante protegerlo antes de que sea demasiado tarde. 
A menudo, lamentamos la destrucción del medio ambiente una vez que ya ha ocurrido. Y es cierto que la vida salvaje en la Antártida se enfrenta a amenazas por culpa del cambio climático, de la contaminación y de la pesca industrial. Pero esta zona sigue siendo una de las regiones más prístinas del planeta. 
Ahora tenemos la oportunidad de protegerla. Los gobiernos responsables de la conservación de las aguas antárticas se reúnen la semana que viene en Hobart, Australia. Qué mejor forma de preservar el océano Antártico que la de crear el área protegida más grande de la Tierra en su corazón, en el mar de Weddell. Esto situaría el área fuera del alcance de la actividad humana en el futuro, protegería a pingüinos, focas y ballenas y al resto de la vida salvaje de la zona y ayudaría a luchar contra el cambio climático. 
Me siento orgulloso de ser una de las dos millones de personas en todo el mundo que se han unido este año para exigir a los líderes mundiales la protección de la Antártida. 
La mayoría de ellas nunca visitará la Antártida, pero su pasión por protegerla me admira, es inspiradora. Se lo han pedido a sus representantes políticos, han animado a sus amigos y familiares a movilizarse. Miles de personas se han disfrazado de pingüinos y han bailado sobre el hielo para despertar conciencias, desde las calles de Pekín a las de Buenos Aires, han instalado esculturas de pingüinos desde Johannesburgo hasta Seúl. Un movimiento global por una región que nos pertenece a todas las personas. 
Ha llegado el momento: los gobiernos están a punto de reunirse en la Comisión del Océano Antártico y deben saber que millones de ojos les observan instándoles a actuar. Necesitamos preservar la Antártida para las generaciones futuras. Queremos que su abundancia de vida salvaje florezca y sus especies migratorias prosperen entre todos los océanos. Nuestro objetivo es mantener océanos sanos que contribuyan a la seguridad alimentaria mundial. Para ello, es necesario que el océano Antártico siga siendo uno de los mayores almacenes de CO2 del mundo. Por eso, en realidad, lo que sucede en la Antártida nos afecta a todos.