
Queremos hablar sobre todas las posibilidades que se barajan para frenar el calentamiento global. Algunas parecen grandes caminos a seguir, sin embargo, y como veremos en el siguiente artículo, estás demasiado influenciadas por intereses empresariales. ¿Puede ayudar al medio ambiente destruir las selvas? Esta idea absurda, aunque de forma menos explícita, se encuentra en un informe sobre biocombustibles que esta siendo aún va mo discutida por las maximas autoridades en Bruselas.
Aunque las plantaciones de aceite de palma son una de las principales causas de deforestación tropical, y una gran contribuyente al cambio climático, el informe sostiene que pueden ser consideradas como "ecológicamente sostenibles". Pero aún va más allá, ya que indica que aquellos bosques que han sido talados para crear plantaciones de biocombustibles, todavía pueden ser considerados bosques.
Parece que hayamos alcanzado una nueva cima del surrealismo belga, aunque esta "comunicación", como se llama a este tipo de informes, podríá ser adoptado en toda Europa, pudiendo guiar las fórmulas estratégicas de la UE para dar energía a una décima parte de todos aquellos coches, caravanas y camiones que se suministren de biocombustibles en el 2020. Nadie duda que el informe haya sido elaborado con la colaboración de la industria de los biocombustibles.
En noviembre del año pasado, el Consejo Malayo para el Aceite de Palma (MPOC) dio el aviso de que sus exportaciones a la UE caerían debio al "criterio de sostenibilidad", estipulando que el uso de biocombustibles, en lugar de petroleo o diesel, reduciría un 35% la emisión de gases de efecto invernadero.
Los productores de aceite de palma de Malasia han reclutado una firma de relaciones públicas, para que su caso sea interpretado con un criterio flexible. La elección de esta firma no ha sido casual, ya que está compuesta por ex empleados de instituciones de la UE, que reciben un buen salario por concertar citas con sus antiguos colegas.
Se ha demostrado que la MPOC ha realizado afirmaciones engañosas hace poco tiempo. En el 2008, se realizóuna queja contra ellos por una campaña publicitaria emitida en BBC WORLD.Según el reguilador, los anuncios de MPOC daban la falsa impresión de que las plantaciones de aceite de palma albergaban una diversidadcomparable a la de las selvas nativas.
en Kuala, Lumpur.
en Kuala, Lumpur.
A pesar de desplegar la alfombra roja para la industria de los biocombustibles, la comisión europea ha sido mucho menos transparente con los activistas verdes, que han pedido acceso a aquellos estudios que la comisión ha encargado, para investigar el impacto delcultivo de biocombustibles (especialmente dentro de la UE). La petición fue denegada. Una noticia publicada en el Herald Tribune podría explicarnos el porqué: se revelaban notas manuscritas de un alto cargo que indicaba que la "preocupación" por el impacto medioambiental de los biocombustibles, podría "matar" su desarrollo.
Sin embargo, un estudio de ActionAid incluye un recordatorio tan amargo como necesario de que el cultivo de biocombustibles no sólo pone en peligro los orangutanes del sudeste de Asia, sino que el número de coches que funcionarán con biocombustibles, harán que alimentos tan básicos como el trigo, el azúcar y la soja, vean sus precios dispararse, por lo que podrá provocar hambunas en todo el mundo. El número de personas que pasa hambre pasaráde 1 billón a 1.6 en el 2020, si seguimos con la "locura de los biocombustibles".
Cualquiera que piense que está sufriendo un deja-vu al leer estas advertencias, tiene parte de razón. Hace menos de dos años, el World Food Programme denunció que el aumento de biocombustibles era uno de los responsables por el subidón que dieron los precios de comestibles en muchos países pobres. José Manuel Barroso, presidente de la Comisión europea, negó que su apoyo por los biocombustibles tuviese ninguna responsabilidad. Barroso sigue en el cargo, y por todas las indicaciones, negando todo.
Sin embargo, un estudio de ActionAid incluye un recordatorio tan amargo como necesario de que el cultivo de biocombustibles no sólo pone en peligro los orangutanes del sudeste de Asia, sino que el número de coches que funcionarán con biocombustibles, harán que alimentos tan básicos como el trigo, el azúcar y la soja, vean sus precios dispararse, por lo que podrá provocar hambunas en todo el mundo. El número de personas que pasa hambre pasaráde 1 billón a 1.6 en el 2020, si seguimos con la "locura de los biocombustibles".
Cualquiera que piense que está sufriendo un deja-vu al leer estas advertencias, tiene parte de razón. Hace menos de dos años, el World Food Programme denunció que el aumento de biocombustibles era uno de los responsables por el subidón que dieron los precios de comestibles en muchos países pobres. José Manuel Barroso, presidente de la Comisión europea, negó que su apoyo por los biocombustibles tuviese ninguna responsabilidad. Barroso sigue en el cargo, y por todas las indicaciones, negando todo.
Los biocombustibles han sido señalados como una de las soluciones "milagrosas" para frenar el calentamiento global, pero la búqueda no es nueva. Desde hace décadas muchos grupos de investigación en todo el mundo trabajan en soluciones novedosas al calentamiento global. Desde fertilizar los océanos con hierro, modificar las nubes para que reflejen más luz solar al espacio o desarrollar árboles artificiales. Ideas que en la mayoría de los casos no han pasado de proyectos y de algunas páginas en revistas científicas. El objetivo principal en la lucha contra el calentamiento global era, y sigue siendo, estabilizar la concentración de dióxido de carbono (CO2) en la atmósfera reduciendo las emisiones de gases de efecto invernadero, esto es, las llamadas acciones de mitigación que conduzcan a bajar «los humos» al planeta.
Sin embargo, en los últimos años las voces a favor de la llamada geoingeniería vuelven a oírse con fuerza, toda vez que el consenso científico apunta a que no nos podemos permitir que la temperatura media del planeta suba más de 2 grados centígrados sobre los niveles preindustriales. En los últimos cien años los termómetros ya señalan una temperatura media 0,7 grados superior a dichos niveles. Y el calentamiento continúa. Así, el año 2009 terminó como el quinto más cálido desde que comenzaron los registros meteorológicos fiables en 1850, sólo por detrás de 2005, 1998, 2007 y 2006, según los datos de la Organización Meteorológica Mundial (OMM). Por tanto, la tendencia de calentamiento es clara y parece que nos acercamos rápidamente a un punto crítico en la cuestión del cambio climático.
Y el fracaso estrepitoso de la Cumbre del Cambio Climático en Copenhague, donde las propuestas de reducción de emisiones por parte de los mayores emisores del mundo no tienen carácter vinculante, no han hecho más que acuciar un debate que hasta hace bien poco quedaba al margen de la «hoja de ruta» para luchar contra el calentamiento global.
Sin embargo, en los últimos años las voces a favor de la llamada geoingeniería vuelven a oírse con fuerza, toda vez que el consenso científico apunta a que no nos podemos permitir que la temperatura media del planeta suba más de 2 grados centígrados sobre los niveles preindustriales. En los últimos cien años los termómetros ya señalan una temperatura media 0,7 grados superior a dichos niveles. Y el calentamiento continúa. Así, el año 2009 terminó como el quinto más cálido desde que comenzaron los registros meteorológicos fiables en 1850, sólo por detrás de 2005, 1998, 2007 y 2006, según los datos de la Organización Meteorológica Mundial (OMM). Por tanto, la tendencia de calentamiento es clara y parece que nos acercamos rápidamente a un punto crítico en la cuestión del cambio climático.
Y el fracaso estrepitoso de la Cumbre del Cambio Climático en Copenhague, donde las propuestas de reducción de emisiones por parte de los mayores emisores del mundo no tienen carácter vinculante, no han hecho más que acuciar un debate que hasta hace bien poco quedaba al margen de la «hoja de ruta» para luchar contra el calentamiento global.
¿Es la geoingeniería una solución definitiva al calentamiento global o un salvoconducto hasta que se generalice la llamada economía baja en carbono? El pasado mes de agosto, en un detallado estudio del Instituto de Ingenieros Mecánicos del Reino Unido, se aseguraba que la geoingeniería no es una solución global al calentamiento, no es una «panacea», pero podría ser otro de los componentes potenciales en el enfoque del cambio climático, que podría proporcionar al mundo tiempo extra para descarbonizar la economía mundial.
Según el estudio, el planeta sólo dispone de unas décadas para reducir los gases de efecto invernadero, y en ese tiempo no será posible que se produzcan cambios radicales en la economía global, en nuestro comportamiento y en las fuentes de energía y el uso que de ellas hacemos. Mientras tanto, la solución estaría en la geoingeniería, o lo que es lo mismo, que el hombre intervenga a gran escala en el sistema climático de la Tierra. Y esto puede hacerse de dos formas: retirando los gases de efecto invernadero (principalmente CO2) de la atmósfera o reduciendo la cantidad de radiación solar que el sistema climático absorbe.
Las técnicas para intentar lograr estos objetivos son muchas y variadas. Hasta ahora «la mayor parte de la discusión acerca de la geoingeniería se centra en que se debe esperar a que lleguemos a una situación de emergencia. Aunque, bueno, la gente del Ártico puede decir que ya está en una situación de emergencia.
Algunas de las técnicas planteadas hasta el momento sólo requieren aplicar la física y la química para manipular el clima. Así, se propone el uso de aerosoles estratosféricos, compuestos de azufre brillante que pulverizados en la parte alta de la atmósfera ayudarían a reflejar la luz solar. Sus defensores destacan que es una técnica barata y fácil; sus detractores afirman que tendría efectos secundarios en el régimen de lluvias de todo el planeta.
La misma interferencia en los patrones de lluvia, y también de viento, podría producirse en el caso del llamado blanqueamiento de nubes. Esta técnica, cuya ventaja principal radica en que puede desactivarse a voluntad, requeriría de una flota de buques por todos los océanos que se dedicarían a pulverizar un «spray» compuesto de agua de mar. La evaporación provocaría la formación de brillantes cristales de sal, que reflejarían la luz solar de vuelta al espacio.
Según el estudio, el planeta sólo dispone de unas décadas para reducir los gases de efecto invernadero, y en ese tiempo no será posible que se produzcan cambios radicales en la economía global, en nuestro comportamiento y en las fuentes de energía y el uso que de ellas hacemos. Mientras tanto, la solución estaría en la geoingeniería, o lo que es lo mismo, que el hombre intervenga a gran escala en el sistema climático de la Tierra. Y esto puede hacerse de dos formas: retirando los gases de efecto invernadero (principalmente CO2) de la atmósfera o reduciendo la cantidad de radiación solar que el sistema climático absorbe.
Las técnicas para intentar lograr estos objetivos son muchas y variadas. Hasta ahora «la mayor parte de la discusión acerca de la geoingeniería se centra en que se debe esperar a que lleguemos a una situación de emergencia. Aunque, bueno, la gente del Ártico puede decir que ya está en una situación de emergencia.
Algunas de las técnicas planteadas hasta el momento sólo requieren aplicar la física y la química para manipular el clima. Así, se propone el uso de aerosoles estratosféricos, compuestos de azufre brillante que pulverizados en la parte alta de la atmósfera ayudarían a reflejar la luz solar. Sus defensores destacan que es una técnica barata y fácil; sus detractores afirman que tendría efectos secundarios en el régimen de lluvias de todo el planeta.
La misma interferencia en los patrones de lluvia, y también de viento, podría producirse en el caso del llamado blanqueamiento de nubes. Esta técnica, cuya ventaja principal radica en que puede desactivarse a voluntad, requeriría de una flota de buques por todos los océanos que se dedicarían a pulverizar un «spray» compuesto de agua de mar. La evaporación provocaría la formación de brillantes cristales de sal, que reflejarían la luz solar de vuelta al espacio.
Son todas técnicas que se refieren al enfriamiento de la Tierra esquivando el reflejo solar. El año pasado, un influyente informe de la Royal Society concluyó que la geoingeniería de métodos que bloquean el sol «puede proporcionar una solución potencialmente útil de respaldo a la mitigación a corto plazo si lo que se necesita es una reducción rápida de la temperatura global en un momento dado».
En este sentido, pero dirigida a conseguir un efecto más local, se ha lanzado muchas veces la idea de que los tejados se pinten de blanco para contrarrestar el efecto de «isla de calor» de las ciudades. Está demostrado que las ciudades con altas concentraciones de tráfico tienen hasta 4 grados centígrados más de temperatura que los suburbios o núcleos del extrarradio, lo que conlleva un mayor uso del aire acondicionado. Los expertos calculan que estos tejados reflectantes pueden reducir el consumo energético de un edificio hasta un 60 por ciento.
Tejados reflectantes para contrarrestar el efecto de «isla de calor» delas ciudades y consumir menos energía. Todas las técnicas que se refieren al enfriamiento de la Tierra esquivando el reflejo solar sólo consiguen enmascarar el problema. Por eso, se aboga por las técnicas que pretenden eliminar el carbono de la atmósfera y almacenarlo.
Además de las tecnologías ya en prueba de captura y almacenamiento de carbono en yacimientos agotados, hay sobre la mesa otras ideas que pretenden imitar lo que la naturaleza hace por sí misma. El Instituto de Ingenieros Mecánicos del Reino Unido propone adherir a la fachada de los edificios tubos llenos de algas, que se encargarían de absorber el CO2, y luego esta biomasa puede convertirse en carbón vegetal y enterrarse.
Estas técnicas pueden ser interesantes desde el punto de vista científico, pero no son ni operativas ni fiables, además de que hoy por hoy estamos a tiempo de ejercer otras opciones. En este sentido, los océanos y los ecosistemas marinos son un potente «sumidero» de CO2. Hace pocos meses un informe de la ONU sobre la capacidad de absorción de los ecosistemas encargado a un grupo de científicos, aseguraba que basta con preservar las praderas submarinas, marismas y bosques de manglar para conseguir un efecto equivalente a un 10 por ciento de la reducción de CO2 necesaria para mantener la concentración de este gas en la atmósfera por debajo de las 450 partes por millón, límite considerado como máximo para que la temperatura no aumente más de 2 grados.
Y es que los ecosistemas marinos como manglares, praderas submarinas o marismas, pese a ser menores en superficie que los bosques tropicales del planeta, tienen un poder entre 3 y 10 veces superior de capturar y almacenar CO2 de la atmósfera. Lo enemos delante, sólo hace falta conservarlo. Estos ecosistemas están desapareciendo a un ritmo siete veces mayor que hace 50 años, liberando por tanto el CO2 absorbido hasta el momento. Se calcula que cada año se pierde entre el 2 y el 7% de estos sumideros naturales.
Los otros sumideros de CO2 están en tierra, son los bosques, que día a día van perdiendo presencia como consecuencia de la conversión en tierras de cultivo y de los incendios forestales. Ante este retroceso vegetal, algunos investigadores proponen «plantar» árboles artificiales. Según cálculos del Instituto de Ingenieros Mecánicos del Reino Unido, un «bosque» de 100.000 árboles artificiales podría contribuir a reducir las emisiones de dióxido de carbono en diez o quince años.
La técnica no es más cara, porque el coste no está en capturar sino en extraer y recuperar el CO2 de allí donde lo hemos logrado atrapar. Las plantas de producción suelen estar cerca de las ciudades, por lo que el CO2 luego debería ser conducido al lugar donde lo vamos a enterrar. Si lo extraes directamente de la atmósfera, lo puedes hacer justo donde lo vas a almacenar. Por eso creo que lo mejor sería colocar estos dispositivos que imitan a los árboles en zonas desérticas».
Tanta modificación del paisaje y tanta interferencia en el sistema climático siguen encontrando muchas reticencias en buena parte de la comunidad científica. Recientemente un informe de la Sociedad Sueca para la Conservación de la Naturaleza afirmaba que la geoingeniería es «un acto de geopiratería», advirtiendo que «el mundo se enfrenta al riesgo de elegir soluciones que pueden convertirse en nuevos problemas globales»; esto es, peor el remedio que la enfermedad.
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